Eso que llamaban Educación, y que ha sido el paradigma dominante durante el último siglo y medio, ha ignorado sistemáticamente lo más propiamente humano de las personas: la empatía, la capacidad de comunicarnos, la motivación intrínseca por conocer y experimentar con nuestro entorno, la búsqueda de la cooperación como herramienta para el bien común, lo emocional como expresión más genuina y propia de lo humano, la creatividad, la capacidad de inventar e imaginar nuevas posibilidades para la vida.
Frente a eso la educación tradicional nos ofrecía competitividad, individualismo, autoritarismo, falta de solidaridad, conformismo, apatía, asentimiento acrítico, y lo peor de todo, nos obligaba a una suerte de autocastración, un tener que negarnos a ser nosotros mismos para poder pasar por el aro de la aceptación social y el éxito académico. Todos iguales, todos por la misma línea, todos con el mismo horizonte y el mismo fin. Y esa Educación fue una de las responsables del mundo deshumanizado que fuimos construyendo, y que nos llevó a una civilización neurótica, infeliz, que llegó a sus más altas cotas de miseria moral llevando al mundo a dos guerras mundiales consecutivas y a un sin fin de conflictos.
En la Educación Democrática los niños y las niñas son los verdaderos protagonistas de su educación, y encuentran un marco de expresión de su individualidad que además les hace ser conscientes de que lo social, lo comunitario y la cooperación son los que da sentido a nuestra vida. Y lo hacen practicándolo, siendo reconocidos como iguales, en derechos y en obligaciones, con entera libertad, pero enfrentándose a la responsabilidad de las decisiones individuales y colectivas. Con normalidad, con HUMANIDAD.

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